LA RED QUE NOS ENVUELVE

LA RED QUE NOS ENVUELVE

Cada persona tiene múltiples aspectos, temas mentales pudiéramos decir, por ejemplo: negocios, intereses, pasiones, valores, perspectivas, objetivos, necesidades, habilidades, visiones, creencias. Esos temas lo conectan con otras personas.

Para considerarlo un poco con un paradigma, a veces tenemos amigos que se conocen entre sí y no sabemos cómo, pero sabemos que no fué por causa nuestra, al menos no directamente. Y a veces, pareciera que hay algo que conecta a esas dos personas, a veces podemos ver que esas personas se conectan a través de varios vínculos, y si no se conocieran ya pudieran fácilmente volver a conocerse. Este fenómeno tan curioso que cuando es muy pronunciado se nos hace evidente, eso es sobre lo que queremos considerar ahora, porque tendrá sin duda alguna una fuerte repercusión sobre nuestras vidas en los años que están por venir.

Pudiéramos considerar que es como si estuviéramos conectados por una red invisible, en la que somos como pequeños nodos que se conectan entre sí, directa o indirectamente. Esto puede sonar un poco tonto si somos desconfiados y lo consideramos como algo metafísico. En todo caso una conexión tal sería un tema de otra discusión. En esta oportunidad no referimos a esa red no sólo como algo de hecho posible, sino además como algo de la mayor importancia, con fuertes implicaciones sociales, culturales y económicas. No hablamos ya del sueño de una civilización antigua, o de una cosmovisión que lucha por tocar la realidad agitándose con esperanza y violencia en la mente de algunos visionarios. Estamos hablando de algo real, con fuertes implicaciones de cuál será el camino que emprenda la civilización, hablamos de cómo se comprenderá la cultura a sí misma en cuanto que es una construcción de la vida humana, una proyección colectiva de cómo interpretamos la condición humana que nos contiene.

¿De qué estamos hablando? De una red de conexiones que existe entre nosotros, algo que se tiende desde nosotros, que nos conduce a otros, que nos hala a veces sutil, a veces violentamente, pero también algo que nosotros halamos donde quiera que vayamos y haya otros seres humanos con los que podamos comunicarnos. Este tejido de conexiones, está hecho de hilos muy frágiles, está hecho de comunicación y entendimiento, y por esos hilos fluye todo el poder humano.

Pudiera decirse que, si la humanidad fuese una especie de cuerpo, esa red sería entonces el sistema nervioso por donde fluye toda la información, un aparato por medio de la cual el cuerpo sabe sobre sí mismo.

Pero la humanidad no es un cuerpo, lo que existe concretamente son los individuos, y eso es incluso más asombroso y si lo pensamos concienzudamente resulta estremecedor, el mundo que existe, el mundo en cuanto que una realidad humana, es en gran parte esa red, fue construido por nuestros antepasados y cada uno de nosotros tendrá su parte grande o pequeña en el mundo por venir. Pensar cómo de hecho esa red se tiende desde adentro de cada uno de nosotros y es en verdad una extensión de nuestra mente y nuestro corazón puede resultar espantoso, sólo hay en el mundo lo que cada uno de nosotros decide poner en esa red, cuando habla, cuando escribe, cuando canta, cuando baila. Todo acto d e comunicación llega a formar parte de la red, es un filamento con el que tejemos parte de la red, y allí queda nuestra experiencia y nuestra interpretación del mundo para que los otros vean.

No menos asombroso es pensar la casi indistinguible relación de cada individuo con esa red. Cada acto de comunicación es lo que un informático podría llamar una instancia de una clase, lo que quiere decir en pocas palabras que, cada uno es un representante de la humanidad, un paradigma para los otros, una muestra de lo que es capaz la raza humana, lo que se puede repetir y casi seguramente se repetirá, o mejor aún, un punto de partida, una redefinición de lo que es posible cuando uno tiene un corazón y una mente.

¿Hasta qué punto esta red de la que hablamos no es también una prisión? Un pensador dijo una vez que el ser humano nace libre y sin embargo vive en todas partes encadenado. Esta es una discusión que queremos dejar deliberadamente abierta, pues pensamos que el sólo considerarla es ya una ganancia en estos tiempos. Apostamos sin embargo, que el hombre no es nunca sólo una víctima de su entorno, por el contrario, para seguir con la imagen, cada uno de nosotros teje la red envuelto en ella, y precisamente por eso la red no nos atrapa, nosotros tejemos esa red, y ella nos envuelve y nos protege, transforma el mundo en vida humana, y forma parte de nuestra condición ser artífices de esa red, porque como ninguna otra cosa queremos llegar a otros y queremos que otros lleguen a nosotros, esa es nuestra condición.

¿Pero por qué habría que pensar en esa tal red? Dando por descontado que nuestro lector sabe ya todo lo que hemos dicho. Pues por otra razón que ya nuestro lector conoce también. Se llama internet.

Vivimos aún en el vórtice de una revolución, dentro de otra revolución, dentro de otra revolución, dentro de otra revolución. Como siempre. Cuando los primeros homínidos empezaron inconscientemente a enseñar a sus crías a usar herramientas, cuando los primeros humanos comenzaron a entenderse con más que ruidos, cuando las comunidades humanas llegaron a darse cuenta que estaban cultivando las plantas, cuando los primeras señas de la escritura empezaron a almacenarse en los soportes más primitivos, cuando los griegos inventaron el concepto de persona ¿cómo se iban a imaginar el alcance que tendrían sus actos?… Venimos de una revolución tras otra, emprendida o no conscientemente, no sabemos en verdad ni tenemos medida alguna para calcular la consecuencia de nuestros actos, porque una vez fuera nuestros actos nos superarán como superaron a nuestros antepasados, que de cierta forma yacen fusionados en una inmortalidad que traspasa la individualidad y son mezclados esa fuerza terrible y deslumbrante que llamamos cultura.

Por sorprendente que sea hay que aguantar el choque, esta es la forma de la vida humana, nuestro poder precisamente yace en eso, somos siempre tejedores por así decirlo y no podemos desplegar nuestro poder sino partiendo de ese tejido. Aun el individuo, el concepto de persona, se despliega en un escenario cultural, el modo de aparecer de la persona es su desenvolverse de la red, proyectar en ella lo que transformó en su interior, su contribución única, el filamento que no existiría si precisamente ese individuo no hubiese puesto allí parte de su mundo interior, algo a lo que nadie más que él tiene acceso.

Todos sabemos lo que hemos dicho y también presentimos vagamente lo que está por venir. El internet es precisamente lo que está por venir de modos que ni siquiera podemos soñar ahora mismo, puede decirse de internet lo que a veces se ha dicho de la revolución francesa, que aún estamos por ver por sus consecuencias, sólo que del internet no habría que decirlo sino gritarlo vehementemente, porque está demasiado cerca de nosotros y aún queda por ver la mayor parte.

Estamos viviendo en una época que parece no tener precedente alguno, excepto tal vez la invención de la escritura, el papel, el libro en forma de códice, la imprenta, el telégrafo, el teléfono, la televisión. La historia parece jugar inocente y vivazmente el mismo juego, la vastísima condición humana parece tener al menos dos necesidades claras que se confunden como dos poderosos ríos que confluyen y se transforman en uno solo. La necesidad de una interfaz.

Una necesidad de conexión primaria se extiende por donde quiera que se asoma lo humano, por todos lados queremos asimilar el mundo en cuanto que algo exterior a nosotros para convertirlo en algo que se arregla a nuestra propia realidad, nuestra voluntad y nuestra vida. Así, donde quiera que un humano alza la vista, sus ojos no ven sino maneras de convertir el mundo en su carne y sangre, su imaginación le propone múltiples maneras de transformación de lo extraño en su propia vida, la mente humana no se conforma con asombrarse ante el mundo sino que quiere convertir todo en algo procesable y entendible, algo afín, algo humano.

Una segunda modalidad de esa interfaz vital, es la más poderosa porque multiplica la anterior y le da la capacidad de extenderse y renovarse. Esta segunda modalidad expresa la necesidad de conexión con el otro, no ya de consumir y asimilar el exterior, sino de dar y recibir nuestro mundo interior, de compartir lo que hemos vivido y experimentado, de saber sobre el mundo interior del otro, de tratar de conectarnos a su mundo interior. A diferentes niveles esta necesidad se repite como un fractal sin principio ni fin. Desplegar nuestra mente y corazón y ofrecerlo al otro, recibir las proyecciones que el otro saca de sí mismo, es una ceremonia cuyas formas no conocen limitación. Esta es la forma de la religión humana más abstracta y más rica, que con cada implementación, con cada ciclo de vida humana, florece y se renueva a sí misma.

Internet. ¿Hace falta decir lo que ya todos sabemos? Que juntos somos más fuertes, que a medida que se dinamiza nuestra capacidad de conexión nos volvemos más poderosos y se multiplican las posibilidades de nuevas conexiones entre nosotros, nuevas maneras de conectarse, expresarse y crear el mundo del mañana. Que ante nosotros se presenta una crisis, un torbellino que va acumulando esperanzas por donde quiera que pasa.

La explosión frenética de interfaces gráficas que se conectan a internet, el frenesí reproductivo en la creación de aplicaciones capaces de manejar millones de interacciones que mueven datos entre los usuarios y los servidores, o el ávida tentación de querer interpretar el rastro de datos que vamos dejando a nuestro paso, no es para nada una tendencia casual, es un fenómeno que surge de nuestra esencia. Puede decirse que los avances que se hacen para lograr entender el sentido de los datos que generamos sólo siendo como nos dicta nuestro fuero interno, es un esfuerzo humano para reflexionar sobre nuestros propios impulsos, a un nivel de abstracción esto no es para nada diferente de cuando reflexionamos individualmente sobre nuestro actos, sobre cosas que hacemos sin saber por qué. La ciencia de datos es realmente una nueva rama de la psicología, cuyo objeto es la cultura.

Con toda justicia puede decirse que que el internet es como proyección cultural el destino de la humanidad, como decía Aristóteles que la semilla contiene al árbol, o como puede decirse que el libro se hallaba ya predispuesto como un camino que la humanidad tenía que tomar, que necesitaba inventar. Ambos son proyecciones culturales, proyecciones internas de nuestra profunda necesidad de construir una interface para el mundo, una interfaz para el otro. Un canal que la mente abre al corazón que ansía ver, entender el mundo. Pero todavía más, el corazón no repara esfuerzos en un proyecto repetido sin cansancio, un puente de contacto, el corazón humano anhela profundamente tocar al otro, la comunión.

Ha surgido una nueva manera de explotación de la red de la que hablábamos antes, no casualmente otra red, de nuestra propia invención, que se tiende sobre nuestra red primordial, y que nos ofrece la capacidad de tejer nuevas conexiones que no conocen las limitaciones de las formas que conocíamos antes. No sabemos cómo esto cambiará nuestro mundo, o sí, sí sabemos, miremos la historia de las invenciones que han revolucionado nuestra red antes, cómo modificaron y aceleraron la rueda de la historia, cómo la humanidad adelantó sus pasos.

Si pensamos lo que significa estar presente en este momento de la historia, terminaremos por llorar de alegría y asombro, descubriremos con conmoción y gratitud que somos los actores de la nueva obra de la humanidad, los testigos de un nuevo florecer que las generaciones venideras veneraran como nosotros veneramos el renacimiento o la ilustración. Gente que todavía no existe sentirá que los cimientos de su modo de vida, su cosmovisión, fueron puestos por nosotros.

Anímate a construir el mundo con nosotros, juntos podemos más. Conoce Hands.

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